Llega a ser el que eres

Muchas personas piensan de forma íntima que su vida no los llena, que están insatisfechos, que son infelices. La mayoría no sabe por qué. Muchos, incluso, ni siquiera se detienen a tomar conciencia de ello. Prefieren rodearse de ruido para no escuchar la voz que clama dentro de ellos. Ruido que puede tomar la forma de la estresante vida con la agenda llena de cosas que cumplir, cosas que no le permiten hacer lo que en verdad desearía y debería. O bien ruido en forma de placeres. Beber, comer, viajar, conquistar, sexo, televisión…infinidad de estímulos para los sentidos que el mundo moderno inventa e impulsa continuadamente para nuestro deleite. Pero también para nuestra anestesia, para llenar nuestros sentidos y pulsar con fuerza nuestras emociones, para mantener alterado nuestro espíritu, para llenar nuestros ojos de agradables alteraciones que nos impiden detenernos en el silencio interior que nos permita ver lo que somos y a dónde vamos.
Muchas personas no saben quiénes son, qué son en verdad, qué hay dentro de ellos pugnando por salir, qué persona hay en ellos sufriendo la insatisfacción y la infelicidad de no ser lo que son. Aunque su vida sea cómoda y llena de placeres. Algunas veces , precisamente por eso.
El problema no son los placeres, por supuesto, ni tampoco su opuesto: los sufrimientos. Si tienes una conexión íntima contigo mismo, con tu yo interior, con quien eres en verdad, las alteraciones emocionales en positivo o en negativo no van a suponer una desconexión permanente. Si tu eres tú, es decir, vives de acuerdo contigo mismo en toda tu verdadera esencia, disfrutar o padecer no son más que temporales alteraciones de tus emociones y sentimientos, pero no son alteraciones, cambios ni impedimentos serios para tu toma de conciencia.
Podría parecer que la felicidad está fuera de nosotros, que reside en las cosas que hacemos, que disfrutamos, incluso que reside en el mismo disfrute. Podríamos confundir la felicidad con el placer. Pero no debemos equivocarnos: vivimos en un mundo de percepciones, en el que las cosas son lo que son en función del efecto que tienen en nuestros sentidos y sentimientos. Y, por tanto, son reflejos de nuestra mente, productos de ella. El mundo es lo que nos parece, y nos parece lo que nuestra mente produce. Así, según como esté nuestra mente así vivimos la experiencia externa y la de nosotros mismos, que es la que verdaderamente importa y nos afecta. Por ello, lo que externamente altera nuestro sentidos y sentimientos debe ser controlado, o afectará a la percepción del mundo que tiene nuestra mente y condicionará nuestro desarrollo íntimo.
El problema no son los placeres. No lo son siempre que no enfoques tu vida a sólo llenarla de ellos, porque entonces quizá la disfrutes pero la vacías y, al final, la pierdes. Y no lo son si los placeres no te impiden de forma constante tomar conciencia de ti mismo, porque entonces te quitan más de lo que te aportan. El problema es la desconexión con uno mismo, el no saber quién soy yo en realidad y la dificultad, por tanto, de vivir acorde conmigo mismo, la insatisfacción que conduce a la infelicidad de no ser tú. Y todo lo que te aparte de ese objetivo es un obstáculo que eliminar. Como recomienda un antiguo precepto griego, “llega a ser el que eres”.

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